En general, la gente buscó las grandes ciudades del país, el Distrito Federal y Guadalajara; por no sé qué razones los Estados Unidos no tenían mucho interés para mis paisanos; desconozco si hoy se mantenga esa saludable tendencia.
Estoy hablando de Parácuaro y de los años 50 y 60 del recién siglo pasado; había alcanzado a gozar las escapadas en los camiones cañeros hacia el ingenio Los Bancos en su etapa final y, unos años después, ya adolescente, me tocó ver a la entrada del pueblo la maquinaria amontonada en espera de venderse como chatarra, pues pequeños propietarios y ejidatarios pretendían, con su venta, rescatar algo de lo perdido. Por su parte, los niños habían encontrado en esa chatarra un monumental y original juguete con el cual hacían actos de imaginación.
Mi familia enfiló hacia la ciudad de México y yo con ella; luego nosotros fuimos puente para otras familias, de parientes y no parientes; la población del pueblo no dejaba de desgranarse hacia unas y otras ciudades, pero la mayor parte hacia el Distrito Federal. Pero el fenómeno no era sólo de Parácuaro. Recuerdo que cuando trabajaba en la Biblioteca Nacional, con un paisano inventamos el deporte de identificar michoacanos; descubrimos que en todos los espacios de la UNAM que conocíamos, era infaltable uno o más.
De este paisano guardo el más grato recuerdo. Era un muchacho humilde que no hacía estudios universitarios, como la mayoría de los que allí trabajábamos, y que en la biblioteca tenía funciones de intendencia; además era el portero de nuestro glorioso equipo de futbol en el circuito de empleados universitarios. Un año hasta fuimos orgullosos campeones. Él era Irineo Heredia, oriundo de Ucareo.
Platicábamos mucho, de su tierra y de la mía. Por él supe de la carretera a Maravatío cuando apenas era un lejano proyecto que preocupaba a la gente de Ucareo, que previsiblemente iba a salir afectada en sus propiedades; me hablaba del admirable monumento agustino de su pueblo, del cual luego hizo una breve monografía, producto de sus estudios autodidactas para entender y hacer amar a otros esa obra de arte de la que estaba muy orgulloso.
No obstante que platicábamos mucho, logró ocultarme por humildad cosas que luego vine a saber, casi cerca de su prematura e injusta muerte. Irineo había tenido que ver en la construcción de los cimientos de la actual organización de Ucareo como pueblo frutícola.
Y al morir entregó al pueblo una biblioteca de unos 10 mil volúmenes que como hormiguita había estado trayendo del Distrito Federal en sus visitas de fin de semana durante varios años, libros que conseguía para armar la biblioteca de su pueblo, donados por los libreros que acu-dían a la Biblioteca Nacional.
A su muerte, la organización cooperativa, de la que formaba parte fundamental, contaba con bodega en la Central de Abastos del Distrito Federal y varios camiones de carga. Irineo vivía dos vidas: la del DF, de lunes a viernes, solitaria, de autoformación y mal comido; y la de Ucareo, los fines de semana, con su esposa e hijos, y con los vecinos, con los cuales interactuaba para encauzar el desarrollo del pueblo en su vocación frutícola. Una rara enfermedad adquirida por sus malos hábitos alimenticios en su vida solitaria en el DF, lo mató de forma prematura.
Como tantos migrantes de provincia, mi familia y yo llegamos a un terreno de la periferia de la ciudad de México y nos asentamos con una construcción mínima y en obra negra; era un terreno que estaba lejos de contar con servicios municipales: sin agua, drenaje, pavimento y energía eléctrica.
Tuvimos la suerte de que al fondo de nuestra calle muy pronto se construyera una escuela primaria, que tuvo que ser dotada de inmediato de agua y drenaje. Ni tardos ni perezosos, todas las familias se conectaron de manera clandestina al tubo de agua potable. Aquí me conecto con una anécdota simpática:
Una mañana llegaron los trabajadores de Limpia de la Delegación de Iztapalapa y se dispusieron a quitar todas las tomas clandestinas del agua potable de mi calle. Una parvada de niños seguía con atención sus movimientos de un domicilio a otro.
Al llegar a un punto, los trabajadores comenzaron a limpiar sus herramientas y a guardarlas; ya se iban cuando uno de los niños, con cara de preocupación por la insoportable discriminación de que se creía objeto, se dirigió a uno de ellos y le preguntó: ¿Y qué, a mi papá no se la van a cortar?, y ante la sorpresa de los trabajadores fueron llevados por el niño al lugar exacto de la toma, que estaba bastante disimulada, la cual eliminaron. No viene al caso referir aquí cómo le fue a Felipillo en la tarde, cuando llegó su papá, enyesador de oficio, y conoció la lamentable actuación de su retoño.
Ante el notable éxito de los videoescándalos que están marcando al 2004, a mí me gustaría escuchar algo parecido a la preocupación de Felipillo. Algo parecido a ¿y qué, a mí no me van a hacer mi video?
Y es que, de veras, no es justo que anden por la vida tantos notables actores que, siendo tan reales, no existen sólo por no haber tenido un productor de video a la mano en el momento oportuno.
Sé que la oportunidad ya se nos escapó, pero hay formas de enmendar esa omisión imperdonable que hasta hoy ha impedido que nuestra vi-deoteca nacional sea todo lo rica que podría ser.
Apelo a los creativos del dibujo y las animaciones para que nos recreen a actores formidables en plena acción. Imaginémonos la animación de un pillo banquero en el momento de hacerse un autopréstamo; imaginémonos la cara pícara que pone al firmar sabiendo que nunca va a devolver el dinero.
Imaginémonos a un Francisco Gil Díaz en el momento de, como secretario de Ha-cienda, condonar los millonarios impuestos por la venta de Banamex en 12 mil millones de dólares.
Hay tantos ejemplos más de banqueros, empresarios, políticos, funcionarios, líderes sindicales y de partidos políticos, etcétera, que antes que mencionarlos yo, prefiero dejarlos a la libre e ilimitada imaginación de los lectores.
Daniel Márquez Melgoza / La Jornada Michoacan

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