Un día de 1779, doña Juana Pavón y su hijo José María, adolescente de 14 años, hicieron el viaje entre Uruapan y Parácuaro, cuyo destino era la hacienda de Tahuejo, que bajo arrendamiento administraba su pariente político Felipe Morelos Ortuño, primo hermano de su marido, Manuel Morelos, quien en 1774 había abandonado a su esposa y familia. Doña Juana llevaba a su hijo para que ayudara a su tío en las labores de la hacienda, con lo que consideraba aliviaría la carga económica que descansaba sólo en sus hombros. Es previsible que don Felipe haya ido en persona a encontrar a sus parientes en Uruapan o en algún punto más cercano; si sus ocupaciones no se lo permitieron pudo haber enviado con bestias a un hombre de sus confianzas a encontrar a sus familiares.
¿Cómo era el camino que recorrieron nuestros ilustres viajeros un día de ese 1779? No necesitamos inventarlo, pues hay un texto precisamente del siglo XVIII que describe dicho trayecto. Es un documento cuyo original se encuentra en el Archivo General de la Nación, que fue publicado bajo el título Inspección ocular en Michoacán. Regiones central y sudoeste, por la editorial JUS en 1960, con prólogo de José Bravo Ugarte. Nos dice este historiador que el documento original no tiene título, ni autor ni fecha, pero que le dieron ese título con base en que esta expresión, inspección ocular, se encuentra en uno de sus capítulos, que retrata bien lo que en efecto es el texto en su conjunto, una inspección de la geografía de una parte de Michoacán.
Corresponde este tipo de textos a los que desde el siglo XVI y siglos posteriores si vinieron haciendo: “Desde los principios de la dominación española y durante toda ella, se estuvieron recogiendo, por disposición del Rey, y con miras a la historia y a la buena administración temporal y espiritual, datos geográficos, históricos y etnográficos de diversas regiones del Nuevo Mundo…”
Volviendo al documento que nos ocupa, el historiador nos dice que se ignora el nombre del autor y de la fecha en que la escribió. Sin embargo, infiere que la inspección fue hecha a fines del siglo XVIII o principios del XIX, considerando las menciones que se hacen en ella de dos señores curas, de Uruapan y Pátzcuaro. Sea la fecha que sea, la descripción es bastante contemporánea de la llegada de José María Morelos a la región de Tahuejo. Nos dice la Inspección ocular, capítulo Tancítaro y Pinzándaro, o de Apatzingán: Nuestra Señora de la Asunción de Apatzingán:
“Saliendo del pueblo de Santa Catalina de Jucutacato por el camino más corto al rumbo del sur y a la distancia de como diez leguas, bajando siempre, se encuentran los ranchos de Tahuejillo y Tahuejo situados en tierras casi calientes, y poco a propósito para la cría de ganado, y sólo el último, susceptible de alguna escasísima cultura de caña. Se caminan las siete primeras leguas a la sombra, encontrándose en ellas el famoso paso de Los Caracoles, que consiste en una estrecha senda de varias vueltas, tajadas en cerros a pique, por la que se pasa con uno de los estribos en el aire sobre cortaduras y precipicios tan profundos, que causan horror y miedo, pues si la cabalgadura llegase a perder la angostura de la senda por algún motivo o accidente, rodaría, o por mejor decir volaría millares de varas con el jinete, y ambos llegarían al fondo hechos menudos pedazos. En el paso más difícil de estos caracoles es tanta la angostura del sendero que algunas varas, antes de entrar dicta la prudencia, el silbar o gritar para no encontrarse con otro porque entonces resultaría forzoso el que uno de los dos se apease por las ancas y precipitase su caballería.”
Justo al final del flanco sur de los Caracoles, que en realidad es el cerro hoy conocido como de Las Vueltas, comienzan unas características distintas del terreno: “Concluidas las siete primeras leguas expresadas y perdida la ventaja de la sombra, sólo descubre la vista montañas peladas, y cerros tristes y amarillos; piedras molestas en los caminos, barrancas espantosas, paredones y rocas tajadas y perspectivas melancólicas, y sin verdura, sin otras aguas que las claras del río Orejón, inútiles para la fertilización por la profundidad en que caminan…”
Ese es el panorama que descubrieron nuestros ilustres viajeros apenas le dieron la espalda al cerro de Las Vueltas. Tendida horizontalmente la vista hacia el sur, el escenario no deja de intimidar; mínimo debió haber preocupado al adolescente José María, pero sobre todo a su madre, quien es seguro que habrá albergado en su corazón un sentimiento de culpa por el lugar tan inhóspito en que iba a dejar a su hijo por causa de máxima necesidad.
Pero el horizonte es engañoso, pues oculta los microclimas que se hacen a la sombra de las profundas barrancas y más aún en las cañadas más al sur, como es el caso de la cañada que acoge a Tahuejo, que ya desde ese siglo XVIII se había dejado reverdecer con obras de ingeniería hidráulica para extraer y conducir el agua del río Cortijo desde centenares de metros arriba para dar lugar al cultivo del añil, entre otros.
Al descubrir la verde cañada desde lo alto del lomerío desarbolado y ardiente, no puede menos que causar alegría y querer correr hacia ella como si de un oasis en el desierto se tratara. Esa alegría debieron haber experimentado doña Juana Pavón y su hijo José María; se habrá descargado el corazón de ella de aquel sentimiento culposo que la venía torturando unos pocos kilómetros arriba. Esto es otra cosa, ambos viajeros habrán pensado con satisfacción.
Quiero imaginarme al tío Felipe Morelos Ortuño dando la bienvenida y presentando a sus parientes con el personal de la hacienda, cuyo beneficio era el cultivo e industria del añil, sin que ello significara que no hubiera otros cultivos y actividades campiranas. Se habrán reunido en el recibimiento quienes hacían los oficios más variados en una hacienda del tipo y la época en la Tierra Caliente: administradores y peones del campo: agricultores y vaqueros; y obreros de la industria: carpinteros, herreros, albañiles; vecinos y arrieros, etcétera, con sus familias.
Nadie de los que se encontraban en esa bienvenida pudo imaginar que aquel encuentro entre el adolescente José María Morelos y el entorno natural y social que lo recibían iba a ser determinante en la historia de nuestro país. Un niño adolescente que llegó a sobreponerse a dos situaciones retadoras para templar su carácter: la lejanía por 11 años de sus seres más queridos y una topografía y un clima que tendría que conquistar y domar a lomo de caballo, en sus correrías laborales y de recreación, como aprendizajes de vida para su posterior encuentro con la historia.
Daniel Márquez Melgoza

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