TEXTOS Y LEYENDAS

Una constante orquesta de rebuznos

No quiero que termine el año sin hablar de los burros. Eso sí, que conste que no es que pretenda hacer alusiones veladas a tales o cuales comportamientos humano-políticos. No, lo que quiero es evitar que envejezcan dos notas que fueron noticia a mitad del año que me llamaron la atención.

 

Una, que se refiere a la anunciada importación de burros de Estados Unidos, hecha por el titular técnico de la secretaría de Desarrollo Social de Jalisco, Francisco Lugo, quien dijo que el programa de repoblar de burros el campo mexicano comenzará en enero próximo (o sea ya).

Ello, como respuesta al déficit de burros que sufre nuestro país. La otra noticia, muy a tono con ese déficit, es la de la creación de un asilo de burros y caballos, el primero y único en el país, que se instaló desde hace seis años en 160 hectáreas en la comunidad de Aldama, municipio de Irapuato, Guanajuato.

Como histórica y literariamente sabemos, la economía de nuestro país por siglos se movió a lomo de burros y mulas; arrieros, burros y mulas conocieron palmo a palmo la difícil e intrincada orografía nacional, llevando y trayendo productos y mercancías en uno y otro sentido, de las ciudades al campo y viceversa, una y otra vez, sin descanso, como una necesaria y difícil forma de vida para quienes se dedicaban a esa actividad, la arriería.

La cantidad de bestias de carga en esos siglos y años pasados debió ser enorme; ignoro si algún estudio especializado encontró algún registro de población de animales de carga en el país o al menos en algunos estados de la República.

Para darnos una idea de la cantidad de animales de carga que demandaba la economía rural en nuestro estado a fines del siglo 19, quiero compartir un conmovedor testimonio; es el de Ezio Cusi, en el mortero El Cangrejo, instalado en una sofocante cañada a orillas de Parácuaro, donde vivió muy pequeño con otros dos hermanos y su joven madre.

"Durante la mayor parte del año, o sea en las dos cosechas que se hacían, desde las ocho de la mañana comenzaban a llegar del campo atajos de mulas y burros con cargamentos de arroz con cáscara que seguían llegando hasta entrada la tarde. Sin tregua venían y regresaban atajos, arriados por sus dueños los arrieros, a gritos, palos y palabras no escogidas, pero sí muy expresivas, como tienen fama de usar esos rudos y sufridos luchadores por la vida, instándoles para que caminaran más de prisa. Entraban al amplio patio en manada, empujándose los unos a los otros, levantando fuertes nubes de polvo que todo lo invadían hasta las piezas habitación, comedor y cocina. Los burros por dondequiera se metían, hasta en las piezas. Una constante orquesta de rebuznos de los tercos, estúpidos y sufridos animales, llenaba el ambiente de una ensordecedora, estridente música que rompía los tímpanos y alteraba los nervios más bien templados, como en los actuales tiempos los clacksons y escapes libres de nuestros modernos vehículos en las principales arterias de la Capital.

"Solamente ya entrada la tarde tenía fin esa infernal e insufrible música; volvía la calma y el día se refrescaba un poco al desaparecer el sol. Seguía el mortero trabajando para darse abasto y toda la noche se escuchaba el tum, tum...que producía, sin interrupción alguna, monótono, enervante, ¡una verdadera delicia!" (Memorias de un colono, de Ezio Cusi. Editorial Jus, 1952).

La desaparición de los burros del campo mexicano no fue un acto de magia, de la noche a la mañana, sino que fue poco a poco, como respuesta a cambios estructurales que se iban introduciendo en la economía nacional; cuando el burro fue necesario, allí estuvo en cantidades industriales. Y fue desapareciendo en la medida que se registraban en el país cambios en formas de vida, en métodos de trabajo, en la introducción y adopción de nuevas tecnologías, sobre todo las del transporte, etc.

La aparición del transporte automotor de carga hizo incosteable e innecesaria la actividad de los arrieros; ahora se podían transportar mayores volúmenes de carga, con mayor seguridad,. más rápido y a más grandes distancias, y sobre todo a menor costo. Disminuyó por tanto la población de burros, quedando sólo la necesaria para ayudar en las tareas del campo al campesino, para trasladarse él y sus productos del campo a la casa.

Luego el campesino se fue modernizando y pudo adquirir una camioneta. El burro ya sólo fue necesario para llegar hasta las tierras de cultivo más incomunicadas por falta de brechas. Después vino la política oficial de abandono del campo: la falta de subsidios agrícolas hizo incosteable la producción de granos básicos; a excepción de las zonas de agricultura comercial o frutícola, las demás sobreviven con cultivos de granos básicos a un nivel de autoconsumo.

Y estas tareas ya sólo las hacen los campesinos viejos, que todavía se hacen acompañar por una o dos bestias de carga; los hijos, en cambio, al dejar de ser opción el campo prefirieron irse a Estados Unidos de Norteamérica o a otras regiones del país. Por eso ya no hay burros o quedan muy pocos. Si ya no hay condiciones para que los burros sean necesarios, ignoro las razones que se tengan para poner en marcha todo un programa de repoblación.

El otro anuncio, el del asilo de burros y caballos, de inmediato me había traído a la memoria el caso de la burra Roverina, de mi propiedad cuando tenía escasos ocho años de edad. Mi padre la había jubilado y puesto a mi servicio y cuidados, con la única obligación de alimentarla.

En ella iba y venía por el pueblo y los campos, con mis amigos, en los mismos caminos de los Cusi unos sesenta años después. Cuando nos fuimos del pueblo, la Roverina se quedó sola y por un tiempo indefinido vagó sin dueño; me contaban que quien la necesitaba para trasladarse o para llevar alguna carga ligera, la tomaba donde la encontrara; una actividad anual segura para ella era la de transportar vírgenes en los tiempos de las posadas navideñas.

De haber existido asilos de burros en esos tiempos, la Roverina habría sufrido menos la falta de dueño y el abandono en que la dejé.

Daniel Márquez Melgoza / La Jornada Michoacan