TEXTOS Y LEYENDAS

Simples aldeanos entreguistas

Encerronas secretas en Banff Springs (Canadá) y en la avenida Reforma (hotel Four Seasons), del Distrito Federal, en el mismo mes de la Independencia, para diseñar la mejor manera de apoderarse de nuestros energéticos, petróleo y electricidad, privatizándolos. Un puñado de extranjeros y mexicanos diseñando el futuro de México.

Los mexicanos, empresarios exitosos gracias a sus privilegiadas relaciones con el poder político y, otros, ex funcionarios salinistas y zedillistas, con experiencia en ventas de garage de pedazos de nuestra soberanía con la política de privatizaciones al vapor y al por mayor, y otros presentes eran gente del equipo de transición del presidente electo. Gente con mentalidad moderna, globalizada, que sabe ver hacia el futuro, por eso no invitaron a quienes sólo miran para atrás, como los de los campamentos que días atrás llenaban y atormentaban con sus plantones y marchas esa avenida juarista: Reforma.
Enfrente (mentalmente) de esas decenas de mexicanos privilegiados, más de 100 millones de connacionales como el chinito, nomás milando, viendo de qué manera se preocupan por nosotros para desarrollarnos, para darnos futuro, para darnos viabilidad enganchados al tren de la globalización.
Mientras contemplo con la mente a esos prohombres que se preparan para entrar a saco, digo, a escena con Felipe Calderón a la cabeza, a atragantarse con lo que queda del pastel nacional, tuve un sueño, que participo con preocupación:
Estar en la plaza de armas de mi pueblo y mirar en redondo hacia los portales, era ver el asiento de los dueños absolutos del pueblo y de muchos de los campos de cultivo de sus alrededores, en kilómetros. A lo sumo 10 familias con casa y tienda, de abarrotes o de ropa, en los portales, eran propietarias además de casas, terrenos, parcelas, cosechas, ganado. Y eran además dueñas del poder formal municipal, que se repartían por turnos, con lo cual funcionaba de maravilla aquello del hoy por ti, mañana por mí (en una de ésas, qué tal si allí se inventó el dicho ése).
Por las noches las familias se curaban de los bochornos sacando los muebles de sala ligera a los portales para tomar aire fresco, departir con otras familias de su mismo círculo, que salían a pasear, y departir con el cura, por supuesto, que también formaba parte de ese bendito círculo. Desde ahí los señores aprovechaban para, desdeñosos, hacer tratos con los pobres que se les acercaban para enajenarles a precios de apuro sus cosechas del campo o de las huertas de tamarindo, o sus propiedades para salir de gajes de salud o de deudas. O para contratarse de peones en sus arrozales, en sus cañaverales o en sus huertas, en sus ordeñas.
Dos o tres familias ricas vivían fuera de lo que se ha dado en llamar en pueblos y ciudades el centro histórico; de uno y otro lado, eran familias con similares niveles de riqueza y parecida influencia social y política. Los habitantes del pueblo no eran ciudadanos a los que se tomara en cuenta para nada, en absoluto; eran sólo parte del paisaje o del escenario donde los miembros de las pocas familias poderosas e influyentes vivían; eran como invitados de piedra al banquete que se daban esas pocas familias privilegiadas que habían heredado de sus padres el mérito de tener dinero y posesiones, y un nombre con un supuesto prestigio, y que habían heredado el derecho de repartirse el poder municipal sin que nadie de fuera de su círculo osara siquiera pensar en hacerse de ese poder.
Pero había también otro hombre poderoso, éste sí mucho más poderoso incluso si se juntaran las fortunas de los demás. A éstos no les gustaba mucho ese hombre, pero le tenían el mayor de los respetos. El nunca aspiró a tener el poder municipal, porque su poder era mayor y su lujo era repartir ese poder, señalar a quién le tocaba cada vez, por primera o siguientes veces, pues como eran tan pocos tenían que repetir de vez en cuando, de manera salteada para respetar lo de sufragio efectivo no reelección.
Como dueños que uno y otros eran del pueblo, al más poderoso se le ocurrió un día la puntada de mejorar el aspecto del centro histórico. Como hombre, él sí globalizado de aquellos tiempos, le parecía muy pequeña la plaza de armas, pues había visto muchas en México y por el mundo. Entonces los puso a prueba y a regañadientes tuvieron que aceptar: “ustedes se recorren cinco metros atrás con todo y portales, reconstruyen éstos y sus tiendas y casas, y yo me hago cargo de reconstruir la Presidencia Municipal, hacerla de cantera, y reconstruyo, también moderna, la nueva plaza de armas”.
Y así se hizo. Luego él por su cuenta hizo pavimentar los 17 kilómetros de brecha para comunicar al pueblo con más fluidez y comodidad con la carretera nacional (entre paréntesis, así fue como se perdió aquella plaza tan hermosa, un verdadero estuche de lujo, oasis de sombra y frescura por los gigantescos zalates y laureles de la India, en cuyo centro un quiosco morisco daba alojo a la mejor banda de música de aliento de la región, causante del amor que los niños del pueblo de aquellos años tenemos por la música hoy. En fin…
A lo que iba. A hacerme ver con ese sueño retroactivo a los años 50 y 60 del siglo pasado, que hoy a nivel nacional asistimos a la aldeización de México. México como país en realidad es una aldea con sus contadas familias ricas en extremo y sus pobres como escenario, que se cuentan por millones en distintos niveles de pobreza. Las diferencias: las familias ricas de aquellos años de mi pueblo no sabían mirar hacia fuera, su mundo era el del pueblo, y no les gustaba que nadie llegara de fuera a perturbarlos en su pequeño mundo. Hay que recordar cuando se construyó la casa-escuela, una construcción en grande a la orilla del pueblo, que ocupó a decenas de trabajadores. Uno de los ricos se paseó una mañana por la obra que recién iniciaba y platicó con uno de los ingenieros, habrá sido el director de obra. ¿Cuánto les van a pagar a éstos..., por día?, preguntó. Tanto, le contestó el responsable de la obra. ¡Qué bárbaros, están locos! Aquí en el pueblo todos éstos están acostumbrados a ganar tanto, no esa barbaridad de dinero. Cuando ustedes terminen y se vayan, ya nadie va a querer trabajar por lo que estamos acostumbrados a pagar. Tienen que bajarle. Y tuvieron que bajarle, porque también los fue a presionar el mismo presidente municipal, y por qué no, igual el cura. Y para ya no tener problemas, de ahí en adelante las familias poderosas se dedicaron a ahuyentar cualquier proyecto de inversión foránea.
Las familias ricas de ahora, a nivel nacional, pecan de lo contrario de mis paisanos: empezando porque se sienten globalizadas, lo cual hay que entender como que sacaron su mirada del país para ver en otros países a quién invitan a que les ayuden a saquear las riquezas del propio. Y así llegaron las maquiladoras, esas grandes empresas trasnacionales que vienen en busca de poder pagar los salarios más bajos del mundo; sí, los más bajos del mundo, porque si en otro país hay un gobierno más inhumano, para allá se van con todo y chivas, no se andan con cuentos.
Y así llegaron los compradores de bancos, ferrocarriles, aeropuertos y puertos y carreteras, teléfonos, líneas aéreas, entre otros, unos nacionales y otros extranjeros, porque así lo recomiendan los teóricos de la economía global. Cada sexenio el patrimonio de los mexicanos se va tirando al agua como si fuera un lastre inútil que nos impide llegar lejos según nuestros neoliberales nativos, adoradores de todo lo que sea extranjero y de las políticas que dictan en el primer mundo.
Por eso el nuevo equipo de neoliberales entreguistas se prepara con sus técnicos para el abordaje de la nave nacional, cual auténticos piratas. Tendríamos los mexicanos que hacer un inventario de lo que nos queda, para saber seis años después qué alcanzamos a salvar. Por lo pronto, como tarea ineludible tendremos que dejar de ser convidados de piedra y oponernos a que en nuestras narices enajenen el petróleo y la electricidad. (Saludos a Pátzcuaro, histórica ciudad que ayer cumplió su 472 aniversario; felicitaciones a sus autoridades municipales y a la Junta Conmemorativa Pátzcuaro Ciudad de Michoacán, que entre el 17 y el 29 de septiembre organizaron un nutrido programa con más de 50 eventos culturales, artísticos y cívicos).

Daniel Márquez Melgoza / La Jornada Michoacan