TEXTOS Y LEYENDAS

A los Hermanos Hernández Pacheco

Réquiem por un patrimonio musical perdido

En los primeros días de diciembre un grupo de paisanas y paisanos me invitaron a una reunión en Morelia para intercambiar comentarios sobre la situación de la Asociación de Profesionistas Paracuarenses (ASPP). Hasta el día de la reunión el diagnóstico compartido era la crisis de convocatoria a que había llegado la asociación en los últimos años, lejos de la nutrida participación que llegó a tener en sus mejores épocas. La ASPP había surgido a iniciativa del médico Luis Hernández Pacheco, avecindado en Uruapan, a finales de los setentas del siglo pasado. Los objetivos más visibles eran promover el arraigo de los profesionistas a su pueblo, reuniéndolos por lo menos una vez al año en un congreso; y por otra parte, coordinar como grupo iniciativas de participación en el desarrollo municipal de Parácuaro, al margen de cualquier tipo de contaminación político-partidista.




Hasta el momento de la reunión ignoraba la muerte del doctor Luis Hernández Pacheco, acaecida en febrero. Aunque personalmente había estado entre los fundadores de la ASPP , ya no recordaba con precisión el año y algunos otros detalles, así que aproveché un viaje a Uruapan para recabar más información. Hablé a la casa de Octavio Hernández Pacheco, ignorando que en mes más reciente, agosto, también había fallecido, según me contó su afligida esposa. Entonces tuve que buscar a Francisco Hernández Pacheco, otro de sus hermanos. Lo que platiqué con él me dio pie para darle tema a la colaboración de este viernes.
Para quienes no lo saben, entre 1950 y 1969 existió en Uruapan la Orquesta Hermanos Hernández Pacheco, que fue una institución musical de renombre en todo Michoacán y en estados vecinos. Alternaba con gallardía con las más famosas orquestas de baile del país de aquellos años. En 1969, estando de gira por Chicago, sus integrantes decidieron dar por terminada la vida de la orquesta, cuando estaban en plenitud, no deseando hacerlo cuando llegaran a estar en condiciones artísticas y de aceptación a la baja, como llega a suceder con algunos grupos de música.
El origen de la orquesta Hermanos Hernández Pacheco se ubica en Parácuaro, de donde son originarios. Entre 1945 y 1950 los hermanos habían comenzado a emigrar uno a uno a Uruapan. En Parácuaro participaban tanto en una orquesta como en una banda de aliento, dirigida ésta última por su padre, don Luis Hernández Briceño. Cuando ya estuvieron juntos en Uruapan, Hilario, Felipe, Octavio y Francisco, se animaron a crear una nueva orquesta, a la cual le dieron el nombre de sus apellidos; aparte de ellos integraban la orquesta trece músicos más de Uruapan. Antes de la formación de esta orquesta algunos de ellos habían venido tocando en una orquesta de Uruapan llamada Las Aguilas.
Volviendo a Parácuaro, debo decir que los de mi generación y anteriores generaciones, nos formamos musicalmente con las obras compuestas por don Luis Hernández Briceño, quien fue un compositor prolífico. No alcancé a conocer a don Luis Hernández como director de la banda de aliento del pueblo, sino sólo a su sucesor, don Vicente Suárez, quien por muchos años fue toda una institución al frente de la banda, que por el tiempo que la conocí gozaba de gran aceptación y era infaltable tanto en fiestas cívicas de los municipios de toda la región de Tierra Caliente, como en fiestas privadas aquí y allá. Fue con este director cuando conocí la producción musical de don Luis Hernández Briceño; sus marchas llenaban por completo las audiciones de serenata que daba los domingos la banda de aliento, más los días festivos. Don Luis a todo le componía una marcha: a los ejidatarios, a los deportistas, a los basquetbolistas, a los charros, a esto y aquello; también les componía a personajes de la vida local, mujeres y hombres.
La banda ejercía tal fascinación sobre mí que siempre procuraba estar cerca, como una necesidad de sentirme aturdido, envuelto en la armonía de los metales. (De esto son testigos mis hijos, que se llegaron a quejar mucho tiempo después de que apenas escucho una banda ya los quería tener junta a ella). A veces me subía al kiosco o estaba por ahí abajo durante las serenatas nocturnas. Con ello quiero decir que la música de don Luis Hernández era algo muy familiar a mis oídos, como a los de mis paisanos paracuarenses. Años después, formando parte de la primera mesa directiva de la ASPP , llegué a preguntarle al doctor Luis Hernández Pacheco si guardaban alguna grabación de la banda interpretando la música de su padre. Se lo preguntaba con preocupación porque en esos años, fines de los setentas y principios de los ochentas, la banda del pueblo había llegado a un estado de lo más triste y patético. Cuando íbamos a nuestro congreso siempre estaba presente la banda a la hora del convivio, integrada en ese entonces ya sólo por unos cuatro miembros sobrevivientes de la banda que yo había conocido en todo su apogeo, más seis u ocho jóvenes de edades muy disparejas, algunos casi niños, y tres o cuatro adultos, dando la impresión de ser un conjunto visiblemente parchado. Varios de los sobrevivientes padecían de artritis, pudiendo trabajar sólo sentados, con las piernas muy estiradas, mientras los jóvenes permanecían de pie. Los jóvenes al mismo tiempo formaban parte de un grupo musical moderno, razón por la cual también habían introducido parte de ese repertorio a la banda de aliento. Entre estos jóvenes había hijos o nietos de don Vicente Suárez, el director en los buenos tiempos.
Cuando hablé hace semanas con don Francisco Hernández Pacheco, le pregunté sobre la producción musical de su padre. Su respuesta me dejó mudo: los archivos se les habían quemado hacía tiempo en un incendio, se lamentó; y por otra parte, quienes se sabían la música de memoria, los viejos músicos que acabo de describir, entre ellos un tío mío, ya hace tiempo que murieron, y a los jóvenes nunca les interesó del todo aprenderse y continuar el repertorio histórico, el que llegó a ser patrimonio cultural intangible del pueblo. Lo que quede de él estará perdido en los vericuetos de la incierta memoria auditiva de quienes disfrutamos aquella música con sabor y calor locales; en pocas palabras, la memoria es flaca y aquellos acordes y armonías metálicos se perdieron para siempre.
El rescate del patrimonio cultural, tangible e intangible, que se genera en los pueblos, por pequeños que éstos sean, debería ser visto como una tarea importante, como si de una operación de Estado se tratara para evitar mutilaciones o pérdidas totales de nuestro patrimonio cultural. Así en la música como en las demás artes y manifestaciones culturales. Dicho esto no obstante el poco aprecio que de éstas tiene el nuevo equipo gobernante de Los Pinos, a las que les regatea recursos mientras sabemos cómo se las gasta la clase político-empresarial en el manejo discrecional de recursos de la nación en cantidades de escándalo, de las que no dan cuentas a nadie.
En cuanto a la reunión sobre la ASPP, quienes participamos en ella nos comprometimos a hacer lo que esté a nuestro alcance por dinamizarla, sumando nuestro esfuerzo al que hace la actual mesa directiva para propiciar que regresen los que nos habíamos tomado un descanso e incorporar a las nuevas generaciones de profesionistas, que afortunadamente ya suman varias centenas. Ojalá logremos el primer propósito, el de convocarnos con éxito; el siguiente paso sería volver a intentar un trabajo compartido con las organizaciones locales y las autoridades municipales, en beneficio de nuestro pueblo y municipio.

Daniel Márquez Melgoza / La Jornada Michoacan