La clase política gobernante desde hace cinco lustros ha fallado en varios sentidos: por acciones equivocadas o por omisiones flagrantes de sus responsabilidades de gobierno; el resultado de la suma de acciones equivocadas y omisiones se mide de diversas maneras: falta de oportunidades para una vida sana de trabajo remunerador y proveedor de bienestar personal y social; búsqueda de oportunidades en otros espacios nacionales, pero sobre todo en el extranjero, los Estados Unidos, preferentemente; o búsqueda de oportunidades en actividades ilícitas, convertidas en atrayentes y mortales espejismos para la juventud. El resultado de desgobierno durante décadas es la violencia que hoy se vive en Michoacán y en un buen número de entidades de la República Mexicana; resultado de los desgobiernos es hoy la inconstitucional salida del Ejército mexicano de sus cuarteles para ocuparse de combatir a los grupos de narcotráfico que se disputan la exclusividad de territorios para sus actividades fuera de la ley; resultado de ello son los nuevos heroísmos, el institucional, creado por el Presidente de la República a partir de los hechos de sangre en Carácuaro y el de los grupos del narcotráfico que eligen su propio heroísmo para morir frente al desproporcionado poder de fuego institucional. Ejemplo conmovedor de ello fue Apatzingán, la mañana del lunes 7 de mayo.
Arde Tierra Caliente, fue la cabeza principal de la edición de La Jornada Michoacán del martes 8 de mayo. Ese falso e inútil heroísmo de cuatro jóvenes y miembros del Ejército tuvo lugar mientras mentalmente me preparaba para ocuparme de otro tipo de heroísmos en la Tierra Caliente, repasando unas notas periodísticas que en versión digital me había hecho llegar un paisano. Son notas de Antonio Ramos Tafolla, publicadas en Cambio de Michoacán los días 3 de enero, 20 y 28 de abril de 2007, en las que nos pone al tanto del potencial productivo de la región norte del municipio de Parácuaro en el cultivo del jitomate, y del nulo apoyo institucional de los tres niveles de gobierno para potenciar esta actividad que se ha convertido en columna vertebral de la economía del municipio de Parácuaro.
Me estoy refiriendo al valle del Tahuejo. La fotografía de satélite (Google Earth) de la parte norte del municipio de Parácuaro muestra una angosta e irregular franja verde, que baja de norte a sur, en medio de lomeríos sin vegetación, ocres, resecos, que descienden a una muy fértil cañada. Esa porción del territorio de Parácuaro, en la que se ubican las localidades Los Bancos, La Estancia y Chonengo, que junto con El Cahulote, Las Bateas y la propia cabecera municipal, conforman una zona productora de jitomate de importancia a nivel estatal por su calidad y volúmenes de producción.
Del contenido de esas notas se pueden extraer lecciones para conocer las razones de la violencia en la Tierra Caliente y en el agro de todo el país. Pero antes permítaseme darle un contexto histórico y personal a ese escenario. Por dos razones, Tahuejo es un nombre que nunca me ha abandonado: porque forma parte de mis recuerdos infantiles y porque es objeto de un singular orgullo de los pobladores del municipio de Parácuaro.
Cuál es ese orgullo. Pocos conocemos, salvo los historiadores y quienes somos de esa región, que Tahuejo está en la historia nacional por el hecho de haber sido escenario de trabajo y de formación del joven José María Morelos y Pavón, entre 1779 y 1793; había llegado a la región siendo un adolescente de 14 años, casi un niño, y salió siendo un joven veinteañero para continuar estudios en Valladolid en el Colegio de San Nicolás, donde se había de encontrar con el padre Miguel Hidalgo y Costilla, rector de dicho colegio. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre la índole de las actividades que desempeñó el joven José María en la hacienda de Tahuejo; unos hablan de que se ocupó de desarrollar actividades administrativas y otros de que se dedicó a las duras faenas del campo en aquella feraz región, que le ayudaron a templar su carácter y a conocer de cerca los sufrimientos del pueblo en sus estratos de mayor pobreza; también se le hace ver andando caminos arrieros, que le proporcionaron un profundo conocimiento de la Tierra Caliente, que le iba a ser de utilidad durante la guerra de Independencia. La hacienda de Tahuejo era propiedad de su tío Felipe Morelos, donde se cultivaba y beneficiaba el añil, siendo también tierras de cultivo de caña de azúcar y maíz.
Tahuejo está en mis recuerdos infantiles, pues en aquellos años se había convertido en un lugar de recreo de las familias paracuarenses, que los sábados y domingos, y demás días festivos, utilizaban para ir de día de campo y comer al aire libre, bajo la frescura de frondosa huerta de mango, de cuyos frutos y otros se podía disponer sin medida, salvo que se quisiera hacer carga para llevar a casa, lo cual era otro cantar. Las correrías de los niños se hacían sobre las ramas de los árboles, saltando corrientes de agua que circulaba por todos lados y brincando sobre los cimientos y muros derruidos de los vestigios coloniales, cuartos y pilas, de lo que se supone fue la industria del añil que ahí se desarrolló en los tiempos del niño y joven José María Morelos.
Ahora vuelvo a los días trágicos que corren. En las notas periodísticas el corresponsal pondera la fertilidad de las tierras del valle del Tahuejo, donde 450 productores de jitomate cultivan 350 hectáreas, de donde sale una producción de 600 mil cajas anuales de jitomate que comercializan en los principales centros de consumo del centro del país, generando 244 mil jornales. “No obstante la importancia que tiene el Sistema Producto Jitomate en el municipio de Parácuaro, el apoyo gubernamental ha sido nulo y, consecuentemente, los productores de la hortaliza han tenido que enfrentar con sus propios recursos el cultivo en mención…”.
Al respecto es muy útil conocer la versión de un experto; es la voz de Mario Jacuinde García, titular del Distrito de Desarrollo Rural 086, dependiente de la Sagarpa, quien en entrevista reconoció que el esfuerzo de los jitomateros del municipio de Parácuaro ha llevado al valle del Tahuejo a convertirse en una experiencia exitosa que debe ser valorada por las instancias de gobierno comprometidas con el campo… “Estimó que la potencialidad productiva de las tierras de esta región, las condiciones climatológicas y la experiencia productiva adquirida por los productores de jitomate del municipio de Parácuaro, han sido factores fundamentales para que el valle del Tahuejo hoy día sea uno de los principales productores de la hortaliza en Michoacán…”.
Manifestó que esta microregión del municipio de Parácuaro es altamente productiva y generadora de divisas y jornales por el periodo de cultivo que anualmente se establece entre los meses de agosto y mayo. Y apuntó que la experiencia adquirida por los jitomateros de la localidad ha llevado a este Sistema Producto a convertirse en uno de los de mayor presencia en los mercados de consumo del centro del país.
Y aquí viene el meollo de la crisis que vive el campo mexicano, no sólo el de la Tierra Caliente michoacana. “Reconoció el titular del distrito de desarrollo 086 que ante los cambios estructurales y operativos que ha sufrido la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación –Sagarpa– es nulo el apoyo técnico y financiero que se les brinda a los jitomateros de la región, de ahí la importancia que tiene el hecho de valorar en toda su magnitud la experiencia productiva y exitosa que se ha logrado sustentar en el valle del Tahuejo…”.
Ese valiente reconocimiento de que los cambios estructurales y operativos de la Sagarpa, han impedido proporcionar apoyo técnico y financiero a productores agrícolas exitosos, como los del valle del Tahuejo, es una radiografía de lo que ha sido la política agrícola de los gobiernos neoliberales de nuestro país, que se han dedicado a desmantelar la infraestructura institucional, técnica y financiera de apoyo a las actividades de producción del campo. Si se abandona a su suerte a los productores agrícolas que disponen de buenas tierras para cultivos altamente rentables, cómo será el abandono a productores de otras hortalizas y de granos básicos cuyas tierras no se caracterizan por su fertilidad ni por la disponibilidad de agua de riego. Si se abandona a unos y a otros, ¿cuál es la función que desempeña la clase gobernante en el poder?
¿Cuántos productores agrícolas han tenido que emigrar o dedicarse a cultivos ilícitos pero muy remunerados? ¿Cuántos de ellos están en las cárceles por delitos contra la salud, cuántos circulan por el país en el trasiego de droga y cuántos ya fueron víctimas de la violencia entre grupos delictivos o contra las fuerzas de seguridad pública y ahora del Ejército? Violencia engendra violencia. El gobierno engendra violencia al abandonar sus funciones de procurar el bienestar y desarrollo de sus gobernados; y con violencia pretende enfrentar los efectos de su desgobierno. Peor en esta etapa es no buscar corregir a los que delinquen, sino aniquilarlos, sin miramientos hacerlos polvo hasta con artillería pesada, y de paso violar los derechos humanos de cuanta gente se ponga enfrente de los miembros del Ejército, esa institución que el Ejecutivo federal busca sea más temida que respetada
Daniel Márquez Melgoza / La Jornada Michoacan
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