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No todos los pueblos son igualesMarch 19, 2010 9:42 AMNoticiero Semanal
En uno de sus cuentos (perdonen pero no me acuerdo de cual) Borges menciona que todos los pueblos son iguales, hasta en eso de creer que son distintos (tampoco me acuerdo de la frase exacta, perdonen otra vez). Y a veces creo que tiene razón. El prominente ciudadano ruso Tolstoi dijo: “Describe tu aldea y serás universal”. Gabriel García Márquez hizo de Macondo un pueblo tan particular para cualquiera que haya leído Cien años de soledad porque, dicen, ese pueblo reflejaba su terruño natal: Aracataca, ubicado en el Caribe colombiano. Márquez puso su obra maestra en las calles de este pequeño pueblo y ganó un Premio Nobel. Es decir, describió su aldea y fue universal. Cuentan que el escritor mexicano Juan Rulfo, quien escribió poco pero sustancioso, (incluso Márquez ha admitido haber tenido influencias de Rulfo y su Pedro Páramo cuando escribió Cien años de soledad) argumentaba que había dejado de escribir porque la gente que le contaba las historias se había muerto. Yo mismo (y perdone el atrevimiento, otra vez, de mencionarme aquí junto a estos gigantes) he recurrido en algunas de mis columnas a peculiaridades de mi pueblo, y más de uno se identifica porque en todos los pueblos hay tienditas en las esquinas; en todos hay un viejo Antonio que cuenta cuentos y da consejos, hay fiestas patronales, plazas para ir a dar la vuelta, glorietas, niños corriendo sin ropa o con puros calzoncillos por las calles, entre otras cosas. Ante estas situaciones obvias es difícil contradecir lo de Borges. Y sin embargo, a pesar de todas las similitudes, siempre cada uno de nosotros, en nuestro interior, seguimos pensando que no, que no son iguales, que nuestro pueblo es mejor y tiene algo que los demás no tienen, algo que, pase lo que pase, nos hace regresar cada vez que podemos. Me dio por escribir sobre este tema primero porque no se me ocurrió otra cosa, y segundo porque mi prima me hizo llegar un video de Youtube acerca de Parácuaro, Michoacán, el pueblo de donde soy originario.
Y yo, que suelo ser frío y poco sensible en ciertos aspectos de la vida (dicen algunos amigos) no pude evitar sentir nostalgia al ver esas imágenes. Y la nostalgia, supongo, hizo que mis sentidos se tornaran más subjetivos y viera las cosas de manera diferente. De repente, Parácuaro me pareció bello. Y eso que no pienso lo mismo cada vez que regreso para visitar a mis padres. Parácuaro no es Tangamandapio, ese hermoso pueblecito con crepúsculos arrebolados. No, pero tiene sus cositas, créame.
O será que hace tantos años que no visitó esos arrollos enclavados en medio del monte. Me da curiosidad ahora de ir al famoso “Zapote” el cual de niño solía visitar con familiares y amigos y cuya cascada me parecía enorme. El “Zapote” para todos ustedes que no tuvieron la fortuna de haber nacido en Parácuaro, es un tanque o arrollo donde la gente acude para refrescarse, nadar y lanzarse de la cascada. Yo jamás me atreví a saltar siquiera desde allá arriba, mucho menos a lanzarme un “clavado”. Pero ya viéndola ahora, la verdad es que la cascada no es tan grande como me parecía, grande era el miedo que yo tenía.
Como que cada vez que voy a mi pueblo no aprecio las cosas lindas que tiene o más bien no les pongo mucha atención. Quizá por eso ese video de Youtube me despertó nostalgia, porque, por ejemplo, puedo apreciar de una mejor manera lugares como el paradisiaco “Manguito”, ese tanque de agua cristalina, recién salida del manantial.
Tengo otra perspectiva de esa calle con árboles "Cinco-hojas" por cada lado. Está camino a casa y la recorrí siempre durante mi infancia. A un lado hay un lago, y acequias. Pero por algún motivo, hoy que la veo en ese video me parece diferente, linda. No me pregunte por qué.
Ya para no hacerla más larga — le prometo que después de esto termino — déjeme le describo esta foto en medio ‘slide show’ del video que le comento.
Es de un atardecer en el campo: el tronco de un árbol seco en frente, como punto de partida de la mirada hacia los pastizales verdes, y unos cuantos árboles. Más al fondo, la arboleda es más tupida y de un verde más obscuro. O quizá el efecto de verde obscuro es causado por los rayos del sol escondiéndose en los cerros detrás de la arboleda, un crepúsculo espectacular, de esos que sólo se ven en lugares especiales. Y eso me recuerda cuando, de niño, atravesábamos parte del monte, por el lado de la colonia Rafael Béjar (de los grillos para más señas) hacia el rumbo de La Perla (yo sé de lo que estoy hablando) cargando con sal, limones y salsa Valentina, para ir a este sembradío de pepinos y hacernos un rico pico de gallo, allí en plena parcela.
Luego caía la tarde, regresábamos a casa con imágenes semejantes a la que arriba describo, el sol ocultándose poco a poco entre los cerros, y unos cuantos rayos resistiéndose a desvanecerse y filtrándose entre la arboleda.
A eso me recordó, ¿qué quieren que haga? Así de que por más que admiro a mi querido Borges creo que esta vez no tiene la razón. Le creo todo lo que dice en el “Jardín de los senderos que se bifurcan” y en la pérdida de la memoria de “Funes el memorioso” y hasta en el mago ese de “Las ruinas circulares”, pero aquí no Borges, aquí no, por lo menos no mientras escribo esta columna. No todos los pueblos son iguales. Ya mañana, cuando me despierte y cuando lea esta columna nuevamente tal vez le daré la razón. Mientras tanto voy a volver a ver ese video una y otra vez. Pues eso. Miguel Ángel Báez es editor de Noticiero Semanal, escríbale a mbaez@noticierosemanal.com |
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