TEXTOS Y LEYENDAS

Leyenda del cerro de La Cofradía, de Parácuaro, Michoacán

Por: Gonzalo Zamora

Eran los tiempos en que trabajaban muchos peones en el molino y hacienda de la Guadalupe; había muchas casuchas de tejamanil y tablas desperdigadas aquí y allá; vivía y venia gente de todos lados, unos a trabajar y otros a dejar sus cargas de arroz al molino.

 

Había vendimia de comidas a las afueras de la hacienda; ahí entre humaredas de los fogones hacían tortillas a mano, que los arrieros cansados y hambrientos devoraban en segundos.

Por las noches las chozas se alumbraban con ocotes y con antorchas de linóleo o los más afortunados con la luz mortecina en los focos generada por las turbinas del molino.

La figura del cerro de la cofradía se dibujaba con el resplandor de la luz de la luna llena. Guardián silencioso y tenebroso del poblado de la Guadalupe.

La gente salía a cazar al cerro por las noches en búsqueda de armadillos, venados o conejos; a veces en grupos a veces solos, y uno que una noche subió solo, no regresó y desapareció sin que se supiera la causa.

La gente comenzó a preocuparse por su desaparición misteriosa, y comenzaron a buscarlo durante días y noches, sin encontrar rastros siquiera.

Había un ermitaño indígena que en su juventud vivió en Paracuarito, que luego se fue a vivir a una cueva cercana al cerro; ya muy viejo buscaba y esperaba morir como lo hacia mucha gente en ese tiempo, exiliado voluntariamente para no dar penurias ni lástimas.

Hasta su cueva llegaron a preguntar por el desaparecido, por si de casualidad lo había visto pasar por esos rumbos.

Aquel viejo y andrajoso hermitaño no les dio razón del desaparecido, pero si les alertó que no subieran más al cerro porque estaba encantado, a lo que le preguntaron que en qué consistía el encantamiento; les contesto que el cerro en realidad era un pueblo y que este había sido encantado porque el padre de una joven muy hermosa no había querido dejar que la joven se casara, por lo que dios había convertido al pueblo y su gente en piedras y la punta del cerro era su catedral; decía el viejito que esto lo podían comprobar en los días de Semana Santa cuando en ocasiones se veía desde Parácuaro ropa tendida en las laderas del cerro, por lo que en el camino se aparecía la hermosísima mujer, pero solamente se le aparecía a hombres que andaban solos en el cerro y si no hacían exactamente lo que la doncella pedía, les pasaría lo mismo.

Las personas al escuchar lo que decía el viejo lo juzgaron de loco, pero les entró la curiosidad y el interés de saber qué era lo que la supuesta doncella pedía y le insistieron que les explicara a qué se refería con eso.

El viejito aquel de mirada triste y apagada, les contó que el cerro de la Cofradía estaba encantado y que la cima en forma de bola al desencantarla se convertiría en su catedral y el cerro volvería a ser el pueblo, pero además el valiente que lograra hacer lo que pedía la joven, recibiría un gran tesoro en oro. Movidos ya más por la ambición que la curiosidad o el deseo de encontrar al que estaba perdido, le preguntaron en qué consistía lo que pedía aquella joven de una hermosura deslumbrante y guardiana del cerro a los que se aventuraban a subir en la noche, sobretodo cuando andaban en la casa del venado.

La guardiana del cerro se le aparecía a aquellos hombres que ella escogía muy bien y se dice que la encontraban de pronto llorando desconsoladamente; ella vestía ropas sueltas de color blanco y una cabellera muy negra y muy larga quizás hasta la cintura; no se apreciaban muy bien sus pies, pero sí sus rasgos faciales; que eran de una hermosura increíble. Y ¿qué hombre que encuentre en el cerro a una mujer joven y llorando, no se le acerca a proporcionar ayuda? Y mas aún, a un ser que parece desvalido y que clama socorro con su llanto que hace temblar hasta el más valiente. La joven explicaba que tenia que cumplir una manda que su padre había prometido que si era capaz de ayudarle a cumplirla.

El encargo consistía en llevarla cargando en la espalda en un chunde hasta el templo de Parácuaro y depositarla en el altar mayor, pero con la condición de no voltear hacia atrás por ningún motivo y pasara lo que pasara y escuchara lo que escuchara, si lograba llevarla hasta la iglesia, seria su mujer y además tendría el tesoro que estaba guardado en el cerro.

Así entonces se le aparecía a mucha gente por las noches y los que aceptaban el encargo, movidos por la necesidad o la ambición, bajaban del cerro con su preciosa carga; en un principio la carga no pesaba nada, lo cual para sus ambiciones era muy bueno, ya que la iglesia dista del cerro como dos kilómetros, pero al iniciar el descenso se encontraban a otras personas en el camino y estas comenzaban a preguntar por la carga; con caras de espanto y asombro se echaban a correr, pero como el cristiano sabia que no debía voltear, no hacia caso; al bajar más del cerro encontraba a otras personas, las cuales ya no solo mostraban espanto y terror, sino que gritaban que si no se daba cuenta del animal tan horrible que llevaba cargando. En este punto la carga le comenzaba a pesar mucho; si seguía bajando, ya en el camino a Parácuaro volvía a encontrar más gente, pero ésta ya no sólo gritaba, sino que querían atacarlo con un terror indescriptible dibujado en sus caras y vociferando que cómo era posible que llevara esos demonios cargando, que no dejarían que siguiera con esos seres tan horribles dirigiéndose al pueblo. En ese punto la carga comenzaba a moverse desenfrenadamente y a emitir horribles gruñidos, a tiempo que se había soltado un viento terrible y calaba un frió que no es propio de la región, por lo que el infortunado terminaba por voltear, cayendo desplomado al instante y quedando convertido en piedras.

Las piedras de las personas que lo han intentado son esas blanquesinas que se ven en la falda del cerro de la Cofradía y que seguramente alguna de ellas es el que ustedes buscan.

Las personas que se han encontrado a estos infortunados dicen que lo que han visto que llevan cargados son restos humanos de una muerta vestida de blanco y que a espaldas del que la lleva ríe diabólicamente; y que después se convierte en una culebra enorme, de dos cabezas y babeante con enormes escamas y terribles dientes; ya al final no es el esqueleto ni la víbora, sino demonios que amenazan con saltarse del chunde y que parecen que en cualquier momento le clavarán sus pinchos al que lleva la carga; es inútil decir que estos seres son de una apariencia de lo más horrible que ha podido imaginar el ser humano.

Por eso desde siempre el cerro de la Cofradía, la ex hacienda de la Guadalupe, y todo su alrededor, están llenos de misterios y leyendas aún sin resolver.

G.Zamora