PARACUARO EN LOS LIBROS

NOTAS SOBRE LA HISTORIA DE PARÁCUARO

Ma. Isabel Marín Tello

Centro de Estudios Históricos

El Colegio de México

16 de marzo de 2007

El pueblo de Parácuaro de Morelos, en el estado de Michoacán, esta organizado alrededor de la plaza amplia: la iglesia, el palacio municipal, los portales, todos en una armonía que se rompe con la publicidad que salpica las paredes blancas del lugar. De ahí que surja la idea de recuperar esa blancura, imaginando otros pueblos blancos en otras tierras. A unos cuentos metros de la plaza, a través de una calle empedrada nos acercamos a uno de los rasgos distintivos del pueblo de Parácuaro: los manantiales, tan importantes para la fertilidad de la tierra.

 

 

 

Cuando recorremos sus calles y contemplamos la belleza del lugar nos preguntamos, ¿cómo es posible que, en otras épocas, Parácuaro fuera un lugar escasamente habitado? ¿Cómo podemos explicar que siendo un lugar con tan poca población, tuviera las mejores tierras de la región? En estas líneas presentamos una síntesis sobre Parácuaro y llegamos hasta 1862, sólo para mencionar el momento en que hubo un cambio político, la transformación del pueblo en villa y Ayuntamiento y, por tanto el cambio de nombre, de una connotación religiosa a otra civil. De Nuestra Señora de la Asunción a Parácuaro de Morelos.

Geográficamente, Parácuaro está situado a los 19º11’ de latitud norte y a los 102º07’ de longitud oeste del Meridiano de Greenwich. Su altura sobre el nivel del mar es de 1,830 metros, y su clima es tórrido, así lo define Jesús Romero Flores. La región de la que forma parte se encuentra en el extremo occidental de Michoacán, es árida y sumamente cálida a ambos lados del río Tepalcatepec, importante afluente del Balsas. La jurisdicción de Tancítaro a la que perteneció en el periodo colonial, se extendía hacia el norte hasta el volcán de Tancítaro, y hacia el sur hasta la Sierra Madre del Sur.

En la época prehispánica, el pueblo de Parácuaro fue conquistado por el cacique purhépecha Vtúcuma. Gonzalo Aguirre Beltran señala que la representación más antigua de la Cuenca del Tepalcatepec la da, en parte, el Lienzo de Jucutacato, y tiene que ver con la búsqueda de metales, como el cobre. Además de los metales preciosos o simplemente útiles, la conquista de los territorios hoy llamados la Tierra Caliente y la Costa Sierra aseguró a los purhépecha un suministro de materiales tales como miel, cera, cacao, algodón, plumas y pieles, aje, aceites vegetales, linaloe y gomoresinas, copal y frutas tropicales que abundaban en el área sujeta a dominio.

Aunque los purhépecha no se establecieron en la Tierra Caliente, fundaron puestos avanzados a la entrada de esa región, como Parácuaro y La Huacana, y aun se aventuraron a fincar puestos definitivos en plena Tierra Caliente como Tzinagua y Churumuco.

Iniciado un nuevo proceso histórico, el de dominación española, Peter Gerhard señala que es posible que una parte de la fuerza militar al mando de Cristóbal de Olid, uno de los conquistadores de Michoacán, haya penetrado en esta región antes del fin de 1522, y que seguramente Rodríguez de Villafuerte pasó por ahí a comienzos de 1523. Españoles en busca de oro exploraron completamente el área y habían establecido su control para 1528.

En el período colonial, Parácuaro era un lugar habitado por indígenas, se trataba de una comunidad indígena, de muy pocos miembros que a finales del siglo XVIII se referían a ellos como la República de indios de Parácuaro o la Comunidad de Parácuaro. Formaba parte de la alcaldía mayor de Tancítaro, y se encuentra a cinco leguas de ese lugar; sus habitantes pagaban tributo al alcalde mayor de esa alcaldía, que administraba además a los siguientes pueblos: Tancítaro, Tomatlán, San Juan de los Plátanos, Acahuato, Apatzingán, Amatlán, Jalpa, Arimao, Pinzándaro, Tetlama y Tepalcatepec.

En 1760 Parácuaro tenía sólo 14 tributarios enteros, sujetos al pueblo. En asuntos religiosos, pertenecía al partido de Apatzingán, contaba con una pequeña capilla en la que no había párroco, en la que había servicios religiosos solo en ocasiones especiales, como la fiesta del pueblo en agosto, para celebrar a Nuestra Señora de la Asunción. Esta celebración se ha conservado a través del tiempo y sigue siendo una de las más importantes de Parácuaro de Morelos. Igual que en el periodo colonial, los habitantes de lugares cercanos se reúnen en Parácuaro para la fiesta de la Asunción.

Los españoles constituyeron a Parácuaro en República de Indios; esta comunidad indígena contaba con bastantes tierras comunales, que en el lenguaje de aquella época se conocían como propios. El pueblo de Parácuaro tenía siete predios comunales: Marfil, Nopales, Orejón, Tahuejo, Ticuiches, Vallecito y Yuratácuaro. Elinor Barret señala que los indígenas de Parácuaro eran dueños de las tierras comunales más extensas y valiosas de la cuenca del Tepalcatepec. Poseían cinco ranchos y dos haciendas que eran dados en alquiler para cultivo del arroz y del índigo. En 1795 se quejaron ante el intendente de Valladolid de Michoacán, de que uno de sus arrendatarios, coludido con el subdelegado local, trataba de despojarlos de parte de sus tierras y de que los hostilizaba cortándoles el agua para sus campos.

Pero, ¿cómo era el pueblo de Nuestra Señora de la Asunción Parácuaro? Contamos con una descripción de c. 1790. Hay que señalar que seguía formando parte de la cabecera de Apatzingán; Parácuaro se encontraba “sobre un plano inclinado, pedregoso, seco, ventilado, caliente y sano, sin arboledas, ni orden en las chozas, que pobres y cubiertas de paja forman todo el caserío", señalaba un testigo de la época. “A la orilla del pueblo en una frondosa y fresca cañada nace el río del mismo nombre, cuyas claras, saludables y copiosas aguas forman casi en su origen un arroyo muy abundante y fecundo en muchas y regaladas truchas, que pescan los naturales principalmente con tarraya en las noches obscuras… Tiene un jacal por casas reales y una sola capilla de Nuestra Señora de la Asunción, con paredes de adobe, techo de heno y una infeliz tarima en lugar de altar. Hay estanquero que es el único hombre de razón, y contiene 15 tributarios indios, sujetos a pueblo, que eligen alcalde, regidor y alguacil mayor, y todos se emplean principalmente en siembra de arroz y maíz”.

Para esas fechas, Parácuaro tenía una cofradía con nombre de la Purísima Concepción o del Hospital con el fondo de 163 reses de fierro arriba, 44 de herradero y 15 bestias caballares, que pasteaban en los bienes de comunidad. “Nombran prioste, que con los esquilmos paga al cura, de sisas, 67 pesos 4 reales y además 2 pesos de la misa de cada difundo adulto y por separado las festividades de la asunción y el corpus las costean los bienes comunes con 20 pesos, pero como estos dos días y el de la Concepción son los únicos en todo el año en que el cura de Apatzingán o alguno de sus vicarios viene a decir misa en este pueblo; el prioste, mayordomo y alcalde costean, cada uno por sí, la cantidad de 25 pesos en cera y comida del Párroco”.

En 1790 no había escuela, esta comenzó a funcionar unos años más tarde y se financiaba con el fondo de su caja de comunidad. Sus bienes comunales más productivos, por arrendamiento, eran las haciendas de Marfil y Orejón y rancho de Tahuejo, que producían anualmente 550 pesos, que se introducen en la arca de tres llaves, que custodiaba el subdelegado de Apatzingán. Además de las tierras arrendadas, los indígenas de la comunidad contaban con las tierras necesarias para sus usos y labranzas.

Es necesario recordar la importancia de las tierras de Parácuaro para los cultivos como el arroz y el añil. Para la década de 1740 a 1750 el cultivo del arroz, que se había vuelto comercializable, se había extendido mucho en la cuenca del Tepalcatepec, y en Parácuaro y Tomatlán era un cultivo importante. Las abundantes cosechas de Parácuaro, según se decía, cubría la demanda de varias provincias. Otro cultivo importante de la región era el añil. Los cultivos comercializables, tales como el arroz, el índigo, la caña de azúcar y el algodón, sólo podían darse en la zona de manantiales, donde se disponía de agua para riego, de ahí la importancia de las tierras de Parácuaro.

La Tierra Caliente de Michoacán, fue uno de los escenarios de la Guerra de Independencia, de manera que la población y el territorio fue afectado severamente por la guerra. Parácuaro no fue la excepción, de allí que rescatemos una descripción de la época que da cuenta de la situación del pueblo a principios de la década de 1820. La información la tomamos de Juan José Martínez de Lejarza, que se ocupa de Parácuaro cuando describe el departamento del sur o de Apatzingán, que era el pueblo principal y cabecera del partido de su nombre; en asuntos religiosos, Apatzingán era un curato secular al que pertenecía Parácuaro, sobre el que presenta muy poca información. “Parácuaro, pueblo de este partido, destruido enteramente, y en el que apenas vivían 30 personas, y distante cinco leguas escasas al noreste de su cabecera; pero en las tierras de su comunidad que lo rodean, viven las familias que se agregaron a su población en la planilla de estadística remitida por el Ayuntamiento. Es de temperamento cálido; produce añil, arroz y caña dulce, y sus habitantes se reúnen los días festivos solamente en el pueblo cuya capilla se esta arruinando”. Contando la población que vivía en los alrededores, llegaba a 686 habitantes en 1822.

Los cambios políticos que vivió México a partir de la independencia, afectaron la propiedad comunal y favorecieron la pérdida de las tierras comunales de los indígenas de Parácuaro. Con el paso del tiempo, Parácuaro se convirtió en cabecera municipal; así, desde 1862 contó con Ayuntamiento y cambió su estatus de pueblo a Villa. Además, también cambio de nombre: de Nuestra Señora de la Asunción Parácuaro, a Parácuaro de Morelos.