Una experiencia en los llanos de Antúnez

Por el Dr. Adalberto Castro, en recuerdo de su humanidad


La compra que don Gonzalo Antúnez hizo a los indígenas comprendía desde el río Cancita hasta el río Marqués. La extensión del terreno era de 21,750 hectáreas .

Don Gonzalo era de origen portugués. Este latifundio fue pasando por varias manos, vendiéndose finalmente en 1714, en remate, en cien pesos, por encontrarse en diversos grados de abandono.

Sirvan estos datos como preámbulo a la siguiente anécdota:

Para esto nos trasladamos al año 1957.

La tierra caliente michoacana

En los seis años anteriores a esta fecha, en estos llanos de Antúnez se habían repartido de 12 a 15 casas a campesinos, a la vez que 10 hectáreas de labor a cada uno. La población era de 800 habitantes aproximadamente. Las personas formaban grupos pertenecientes a distintas regiones y culturas: Parácuaro, Meseta Tarasca, Guerrero, Morelos, etc. Era, pues, una mezcla de distintas costumbres. Una sola familia habitaba en Buenos Aires.

La defecación se hacía al aire libre; una sola vez al día prestaba servicio un autobús Galeana. Cada semana una pipa abastecía de agua potable a la población.

En estas circunstancias llegó el primer pasante de medicina. Alojado en un cuarto de una de las casas, compartió espacio con un montón de mazorcas, en una de sus primeras experiencias fuera de los grandes centros educativos, recordando el compañerismo en la facultad de medicina.

El cuarto tenía una pequeña ventana por la que se podían ver los postes de madera con hilos de alambre de púas que circulaban la propiedad. Más allá, la resolana acentuada a mediodía con sus 41 grados centígrados; se podía observar la reverberación del vapor como pequeñas líneas en el aire.

Durante los primeros días con sus noches, varias consultas, pero dos de ellas en particular que no se le olvidarían nunca.

Una tarde, como a las siete, se presentó una señora con una niña enferma de gastroenteritis; es decir, con diarrea abundante: 3, 6, 4 veces en una hora, acompañadas de vómito, temperatura alta (40 grados), piel seca, ojos hundidos, boca abierta, como si fuera un pescado recién sacado del agua con una gran sed de aire.

La ocasión ameritaba gran voluntad y conocimientos: se inyectó para detener el vómito; se aplicó antibiótico apropiado para detener la infección; se recomendó ingestión de líquidos muy seguidos y en poca cantidad. A las 11 de la noche se sugirió a la mamá continuar el tratamiento en casa, pero el médico se quedó con el gusanito de la preocupación: ¿se salvaría la niña?

La noche fue larga, con sueño superficial. Se deseaba la luz del día. Y llegó.

Sh… sh… ¡pum¡

Sh… sh… ¡pum¡

De nuevo otro cohete. ¿Se habrá muerto la niña?

Al amanecer una voz que correspondía a la señora de la casa, hablaba por la ventana. “ Doictor, aquí le habla una señora “.

Salió con temor y desconfianza. En efecto, estaba parada una señora junto a la puerta del falsete. Sí, era la misma persona, la madre de la niña del día anterior, que iba a decirme: “Doctor, anoche mismo murió mi hija”. Armado de valor, a pesar del abismo que se abría a sus piés, con toda calma el doctor dijo: lo siento mucho, su hija estaba muy grave. Le voy a extender el certificado que corresponde a este sábado de mayo.

El doctor se pasó todo el día pensativo y frustrado, recordando: me preparé para cuidar y curar enfermos; no pude salvar la vida de esta niña. Por fin recapacitó, se consoló diciendo para sí mismo: la vida sigue, me esperan más, muchas consultas. Volvió a los pacientes hasta muy tarde, hasta el obscurecer.

Pero, ¿cómo? Otro cuadro igual, otra niña en los brazos de su madre con los mismos síntomas. No, no puede ser, redoblaré esfuerzos, daré medicamentos más potentes, administraré suero intravenoso, me desvelaré, tengo que salvarle. A las doce o cerca de la una, se le vio a la niña mejorada. Vaya a su casa y me la trae mañana.

Otra mala anoche, una punzada en el pecho, un ardor en el estomago, un ojo abierto y otro cerrado. En la negrura de la noche, perdiéndose la noción del tiempo y del espacio, sin saber de horas o minutos. De pronto:

Sh… sh… ¡ pum ¡
Sh… sh… ¡ pum ¡

Aumentan los latidos cardiacos, la angustia, y se va el pensamiento hacia la nena desaparecida. De nuevo la voz de la ventana de la señora:

“Doictor, hoy es domingo, ya dieron la segunda, ¿no va a ir a misa?”

Esto le pasó al que escribe.

Dr. Adalberto Castro Robledo


Nota:

El día 6 de julio del 2009 falleció en Parácuaro el doctor ADALBERTO CASTRO ROBLEDO, nuestro conocido y apreciado médico de la localidad y el municipio de Parácuaro. En su memoria publicamos este texto póstumo de su autoría.