Ante mi sorpresa por esa forma de saludo, aclaró mi amigo que la frase es parte de una canción que estuvo de moda en la región allá por los 50 del siglo pasado, de la autoría de Paco Michel, cantada precisamente por los Hermanos Michel. Mi sorpresa continuó al reconocer que nunca me había tocado escucharla. Por desgracia, mi ilustre amigo no se acuerda ya ni de la tonada ni de más parte de la letra; lo que sí recuerda es que el espíritu de la canción era hermanar a los dos pueblos de aquellos tiempos, unidos por una carretera que desde hace más de 50 años ya no existe; de lo que sí está seguro es de que la música de la canción era bonita.
La plática que siguió fue que ahora en lugar de cafetales en Uruapan sólo hay aguacates. Por mi parte, le mencioné que en los lejanos tiempos de esa canción, en Parácuaro aparte de palmeras también había cafetales; de los de mi huerta, hecho un niño, yo era el responsable de la cosecha, la cual entera pasaba por mi boca antes de ponerla a tostar al sol; ignoraba en esos días por qué me pegaban tamaños dolores de cabeza cada vez que me endulzaba la boca en demasía con esa sabrosa frutilla roja.
De esos tiempos también recuerdo la cosecha del tamarindo; me encantaba ver la lluvia de tamarindos al caer por la acción de largos bejucos o varas con los que se azotaban las ramas del árbol. La segunda parte de la cosecha ya no me gustaba tanto, pues era la que a mí me tocaba, que era la de recoger del suelo la fruta y meterla en costales; no es fácil trabajar durante horas doblado por la cintura. La primera parte, la de varear las ramas plenas del fruto seco, subido en las más altas ramas del árbol, la hacía mi padre o algún vareador contratado. Ya encostalado el tamarindo, lo que quedaba era esperar a que el día menos pensado llegaran desde Monterrey los compradores con grandes camiones de redilas. Por el tamarindo supe de la existencia de Monterrey antes de que lo conociera por la escuela y las clases de geografía nacional.
A lo mejor alguien piensa: qué hago yo hablando en este espacio de cosas simples cuando hay tanto de qué hablar sobre México y sobre el mundo, tan complejos: las precampañas político-electorales, la sangrienta guerra entre familias o mafias de narcotraficantes, la inseguridad social; o los rechazos ciudadanos rotundos de Francia y Holanda al proceso de integración plena de la Unión Europea, vía la eventual aceptación y firma de una Constitución valedera para todo el continente, etcétera.
Pues sí, más que todo eso, me llamó la atención saber que "60 por ciento de los productos agrícolas michoacanos continúa saliendo del estado para después regresar etiquetados con marca de otras entidades; tal es el caso del limón, el tamarindo, el coco, la guayaba y el mango, por mencionar algunos". (Cynthia Angélica Ayala Jiménez, La Jornada Michoacán, 01/06/2005).
Casi cada semana sale en los medios una nota informativa sobre algún producto agrícola o frutícola, sin que no se diga: Michoacán ocupa tal o cual primerísimo lugar a nivel nacional en su producción. De verdad somos afortunados por tener una gran variedad de suelos y climas, lo que permite una producción frutiagrícola diversificada, y somos afortunados porque tenemos en el campo productores agrícolas y frutícolas sabios y hábiles en el conocimiento y manejo de los recursos naturales con que cuentan, y los saben aprovechar para hacerlos producir bien.
En lo que sí no hemos podido ser afortunados es en contar con inversionistas con visión, como sí los hay en otros estados de la República, para aprovechar la ventaja comparativa de industrializar aquí, sin grandes costos de traslado, lo que producen los michoacanos; o inversionistas para simplemente saber comercializar con ventaja esos productos, aunque sólo fuera para envasarlos y etiquetarlos, y sumarles un mínimo valor agregado. Los productores agrícolas no pueden ser especialistas de todo: de producción, comercialización e industrialización. Tal vez lo ideal sería que fueran todo eso a la vez para que las ganancias fueran completas para ellos, pero la realidad no da para tanta ambición y ver que se cumpla.
Lo que nos ha faltado en Michoacán es formar gente para que se ocupe y se especialice en los renglones de comercialización e industrialización de lo que produce nuestro estado. Da coraje saber que gente de otros países, con visión, saca más provecho de lo nuestro que los michoacanos mismos. Ahí tenemos de ejemplo a los chilenos que han aprendido a ser hábiles en la comercialización de los productos frutícolas. Son capaces de comernos el mandado: comercializan nuestra fruta para atender el mercado abierto para sus propios productos, con lo cual se ahorran los costos de las largas distancias hacia el mercado norteamericano.
Alguien tiene que haber fallado para que en tanto tiempo aún no seamos capaces los michoacanos de saber comercializar y/o industrializar lo que se produce en nuestros campos. El gobierno estatal tendría que haber hecho o promovido desde hace tiempo esta tarea o la Universidad Michoacana u otra institución educativa de nivel superior.
Da gusto saber que existe ya en nuestro estado un organismo preocupado por la promoción de los productos agrícolas michoacanos: el Consejo de la Comunicación de Michoacán (Codemi). Aparte de sus programas de promoción, mínimo lo que este organismo está buscando es que haya un registro de marca michoacana para al menos 16 productos, para que ya no suceda que se los llevan a otros estados y los regresan a nuestros mercados con marca de procedencia engañosa. El tamarindo de Parácuaro y la ciudad de Monterrey, desde que tengo memoria han estado ligados comercialmente; como si el tiempo no hubiera pasado, no dudo que se mantenga ese vínculo entre vendedor y cliente.
Daniel Márquez Melgoza, La Jornada Michoacan

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