EL CEGADOR

Por Daniel Márquez Melgoza

Amarillea de espigas el horizonte. El sol en lo alto parece festejar la maduración del arrozal. Lo único fresco de aquella mañana es el cinturón de árboles: pinzanes, parotas, zalates, cirianes y corongucas, cuyo verdor penetra por los ojos y refresca el cuerpo, o al menos da esa sensación.

 

Con la rozadera al hombro, Ramón Cienfuegos se planta firme ante una orilla del arrozal, bajo la sombra de un zalate; mientras mira al infinito por encima de las espigas inclinadas por el peso de los granos, se baja las mangas de la camisa, que acostumbra normalmente llevar dobladas a la mitad del antebrazo, y se abrocha los botones para resguardarse de los terribles ajuates. Se escupe las palmas de las manos y se las frota con el gesto típico en él de morderse el labio inferior, y enseguida recoge de su hombro la rozadera y se dobla por la cintura para comenzar el corte. Con su mano izquierda va buscando los tallos más próximos y hace un manojo, sobre el cual se aprietan los dedos; la rozadera, que empuña con la mano derecha, hace un corte de abajo hacia arriba en un solo movimiento rápido que deja en el aire un rumor húmedo, pues la parte baja de los tallos se conserva verde aún; con los tallos cortados, los dedos de la mano se abren y buscan otros y se vuelven a apretar para hacer fuerza y oponerse al movimiento de la rozadera que vuelve a empujar hacia arriba. La operación se repite tantas veces hasta que no cabe un tallo más en el puño de la mano; entonces Ramón Cienfuegos recuesta el manojo sobre la hierba y sobre éste coloca otros para formar una gavilla; la medida o tamaño de ésta lo da la distancia del cortador, pues cuando queda ya lejos del brazo se hace otra gavilla.

Ramón avanza a un ritmo endemoniado, abriendo en el arrozal una avenida a todo lo ancho de sus brazos extendidos. Ningún cortador resiste su ritmo, que no para hasta salir a la otra orilla, donde lo espera la refrescante sombra de un árbol, en la que reposa sólo unos breves instantes, porque luego mide otra brazada y la deja libre y en la siguiente vuelve a inclinarse a cortar con el ímpetu inicial. Sólo un poseído puede tener el aguante que tiene Ramón Cienfuegos. Hay quienes dicen que tiene pacto con el diablo y hay otros que sostienen que su aguante no tiene nada de diabólico, pues su estatura chaparra se presta para no cansarse más de la cuenta por no tener que encorvarse demasiado sobre las plantas de arroz. Lo cierto es que Cienfuegos es el campeón del corte de arroz, quien se da tiempo durante la temporada para contratarse en diversas parcelas y recoger una buena cantidad de dinero que nadie más es capaz de ganar.

Pasada la temporada del corte de arroz, Ramón entra en descanso; se inician sus legendarias borracheras en las que en pocos días derrocha la extraordinaria condición física que ya tenía y que redobló en el corte de arroz. El dinero no lo dilapida en igual cantidad; se diría que lo administra, pues es dado a beber solo, a no sentirse obligado a invitar a otros a beber. Nada más cuando va con las muchachas de la calle de Matamoros se hace acompañar por alguna de ellas; cada año siempre hay una nueva en el oficio y la hace su preferida. En sus borracheras es tranquilo, platicador y nada pendenciero; aunque le gusta más platicar consigo mismo que con los demás; en sus recorridos por las calles del pueblo siempre lleva una conversación en los labios, las más de las veces incomprensible para quienes lo ven pasar. Para muchos es la confirmación de que tiene pacto con el diablo, pues suponen que es con él con quien habla y discute en un lenguaje indescifrable.

Tras un mes de borracheras Ramón Cienfuegos desaparece. Dicen que se traslada a otras regiones del estado y del país donde haya arrozales maduros que cortar. Reaparece en el pueblo una o dos semanas antes de la nueva temporada del corte de arroz. Viene entero, como si hubiera rejuvenecido algunos años. "Les digo y no me quieren creer, tiene pacto con el diablo", insisten los de siempre. Pronto se apalabra con los ejidatarios y pequeños propietarios que ese año sembraron arroz.

A la vuelta de los años ya son pocos los que quieren contratar los servicios de Ramón Cienfuegos, no porque haya perdido eficiencia, sino porque se ha divulgado que su estilo de cortar propicia una pérdida importante de grano; dicen que en su enloquecido ritmo de trabajo, su muñeca después de cada corte hace un rápido giro que sacude y desgrana las espigas; que por eso tras él van siempre las urracas y los tordos recogiendo los granos. Otros tienen una explicación distinta para la presencia de esos pajarracos negros: "es por su pacto con el diablo; y esos pájaros negros no son pájaros sino diablos que le ayudan para no dejar indicios de que sacude las espigas y desperdicia el arroz".

Uno de los pocos que todavía se atreven a contratar a Ramón Cienfuegos, es Hilarión González. El dice que el secreto está en iniciar el corte en el tiempo preciso; de esa manera no hay pérdida de grano, por más sacudidas que se le den a las espigas. En lugar de contratar media docena de cortadores, con Ramón basta, aparte de él y su pequeño hijo Ramiro, a quien su padre ha iniciado en esa tarea, la cual cumple torpemente y a regañadientes. No adelanta mucho que digamos, pues Ramiro se ha impuesto una doble función: hacer como que trabaja y, sobre todo, estar atento a descubrir si hay pájaros negros detrás de Ramón Cienfuegos o algún otro indicio de sus tratos con el espíritu del mal.