
Antiguos verdores
Qué hermosos son los árboles viejos. Se extienden rudos y secos ante la verdura de los árboles jóvenes. Se desgaja su corteza y ya no pierden el tiempo en verdores. Ahí continúan erguidos e imponiendo su sabiduría de años de antiguo verdor y de recibir generaciones de pájaros e insectos. Los amo en sus últimos años de vida porque me hacen pensar en la soledad de sus días secos y áridos.
La vida o el corazón
Siento que amo. Siento que tengo amor para dar. Me asomo a la vida sin reglas, sin medida. Acepto tu mano para andar, aun cuando al marchar siento tu pesar. Me asomo a la vida decidiendo que es mejor no dar la vida, sino sólo el corazón. Descubro que anhelo que me llegue el momento en el cual no deba ya perderme en mis adentros. Prefiero que afuera, donde hay tiempos mejores, me des tú la gloria de conocerte en tus errores. Que nada ya pueda ver que me cause estas cegueras, en espera de que tú comprendieras que hay más vida aquí en la vida, que en tus sueños y temores.
El agua como amor
Hay que amar el agua. Hay que amar el agua que se tiene, la que te bebes, la que te da la delicia de su sabor. Hay que atesorar el fruto de tu vientre, tierra. El agua que suena, que corre y que habla con dulzura a cada hoja que tu cuerpo toca. No la veas como algo natural, común y necesaria. Dale tu amor cotidiano, sincero y voluntario. Apréciala en la que corre y lleva tu mensaje de amor a otras tierras, a otras gentes, a otros cultivos. Dale los sabores dulces de tu cuerpo y no los insabores de tus desechos. Llámala vida, amor. Llámala oh dulce y bendecido amor.
El niño aquel
Se escondía tras la barda. Se escondía de mí y ahí permanecía sin decir una palabra. Me acerqué para decirle quiero saber más de ti. ¿Te gusta donde vives? Ven, llévame ahí. Fuimos a la colina atravesando antes un campo de cultivo, donde él me señalaba las plantas que crecían allí y allá. Por qué no me hablabas, le dije. Algunas veces me da miedo hablar. No, no temas hablar de lo que tanto te gusta contar, sobre lo que vives por aquí. Me señaló el cielo rojo y los techos de las casas; me describió el universo entero visto en esa región. A sus 6 ó 7 años le parecía la vida abierta a cosas nuevas en ese pequeño poblado donde habitaba. Le gustaba vivir en la montaña porque sabía que en ella siempre habría algo nuevo por descubrir, como aquel día en que con su padre encontraron ese pájaro extraño que cantaba graciosamente y al cual jamás pudo ver, pero su canto quedaría grabado en su memoria de niño. Me dijo, es bueno vivir aquí, entre tanto árbol, donde la lluvia cae recio y se siente el fresco en las tardes, en las tardes de colores. Entre amigos y las flores yo me divierto aquí. Gracias, niño, por decirme que siempre seré el mismo y por hacerme saber que hay esperanza cada vez que me acerque a ti.
La Estancia, municipio de Parácuaro, Michoacán, 15 de noviembre de 2008.
Benito Aguilar Carrillo es profesor en Genética y Biología Molecular, sobrino de nuestra gran artista Elpidia Carrillo, la APPAC agradece su contribución.
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